Desde hace varios años, las librerías reciben muchísimas novedades cada mes. El librero se encuentra con varias decenas de libros para exponer en su escaparate o destacar en sus mesas. Lamentablemente, debido a su instinto de supervivencia, opta por las novedades propuestas por las grandes editoriales que acompañarán el lanzamiento del bestseller de turno con una maniobra publicitaria de grandes dimensiones, aumentará los descuentos propuestos al librero e incluso, en el mejor de los casos, le pague por exponer sus libros.
Las pequeñas editoriales independientes, que luchan por hacerse un hueco en el difícil entramado editorial, no tienen la capacidad logística ni económica para hacer frente a esta maniobra comercial y opta por un marketing de guerrilla, en el cuál con incursiones rápidas pero efectivas causa gran impacto en el público.
Las redes sociales se han convertido en el principal medio de comunicación para estas editoriales. Alrededor de ellas se crea una comunidad de lectores fieles que sustentan los infinitos gastos que produce la edición de libros. A través de ellos, la editorial capta los intereses de su público objetivo y valora si está editando títulos atractivos que repercutan en un aumento de las ventas. No se puede obviar el valor de esta comunidad como juez todopoderoso de su labor editorial, al ser un público especializado y experto en la temática de la editorial tiene la capacidad de dar prestigio a un título o, en su defecto, desprestigiarlo y crear una mala imagen de la editorial. Una comunicación constante con el público objetivo crea una comunidad de lectores que actuarán como escaparate de nuestro libro, un escaparate que permanece abierto las veinticuatro horas del día.
También, las pequeñas editoriales actúan como dinamizadoras de las librerías. En una gran editorial, organizar una firma de libros o una charla con un autor requiere de muchas llamadas: primero al agente literario, después a un autor con un gran ego que dicta sus exigencias y, posteriormente, a la librería a la que solicitan una gran logística (carteles, vallas, etc.). Una pequeña editorial con una logística más simple puede reunir, en un corto espacio de tiempo, a un autor que debatirá sin límite de tiempo con el público. Firmará libros con mucha ilusión y será permeable a las críticas y aciertos que le planteen los lectores.
Las ferias temáticas son asumidas como una obligación por parte de las pequeñas editoriales. Durante un corto espacio de tiempo tienen reunido a todo su público, unos lectores que están interesados en hablar con el editor y donde este tendrá la capacidad de charlar con sus clientes para establecer sinergias. Por otro lado, es muy extraño ver a un editor de una gran editorial en una feria temática, en ellas esa labor la realiza el departamento comercial o el encargado de promoción que poco o nada sabe de las labores editoriales.
Debemos apoyar a las pequeñas editoriales. Debemos pensar que las pequeñas editoriales se mueven por un conocimiento y afán de divulgación de los temas que tratan. No dudan en arriesgar con autores noveles que tengan algo que aportar y no se dejan llevar por modas. Las grandes editoriales buscan publicar libros que cuadren sus cuentas y que, a fin de año, den beneficios. Una lícita labor que deja a un lado el amor por los libros y la labor quijotesca de los pequeños editores.
Os invito a que investiguéis más allá de los escaparates y consultéis a vuestro librero de confianza. Sin duda, os descubrirá libros y editoriales desconocidas que se convertirán en vuestras compañeras de viaje.
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