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Nuevos y viejos

¿Quién no ha ido al supermercado a por detergente y entre las distinta marcas no se ha encontrado el letrero de “nuevo”? Y sí, muchas de esas veces hemos picado y comprado ese “nuevo” detergente para descubrir con sorpresa que… era igual que el de toda la vida. Así es, una técnica publicitaria muy antigua, consistente en discriminar a un producto básico o de bajo valor añadido respecto a los de la competencia, simplemente por su novedad. Técnica antigua, pero efectiva.

Esta se basa ante la irreal simplificación de que lo nuevo es bueno o mejor, y lo viejo es malo o peor. Pero, ¿realmente esto es así? ¿Podemos establecer que cosas tan antiguas como la democracia son malas, o que cosas tan nuevas como la contaminación son buenas? Parece que la razón nos invita a pensar que lo que es bueno o malo, no viene determinado por un criterio temporal, sino funcional. Lo que funciona, perdura. Y ahí está nuestro detergente de toda la vida.

Parece que en estos días (o meses) previos a unas elecciones legislativas, han aparecido con gran protagonismo nuevos partidos y nuevos discursos en aras de conseguir el voto de los ciudadanos. Nuevas etiquetas de “nuevo” que diríamos en el supermercado. Esto ocurre porque estas nuevas fuerzas políticas no tiene producto que mostrarnos, pues no han gobernado (¿o sí?), y bajo la antigua técnica publicitaria nos hacen pensar que su etiqueta equivale al mismo. Pero no nos engañemos, la política otra característica no tendrá, pero es muy antigua. La hagan nuevos o viejos.

Quizá, en lugar de buscar la representación en la novedad o la etiqueta, teniendo en cuenta como nos afecta la política a los ciudadanos, tengamos que buscar nuestra representación en opciones que funcionen. Evidentemente, nada es bueno o malo, pero hay gobiernos que funcionan mejor que otros. Pero desde luego, guiarse por la “novedad” puede terminar en que compremos un nuevo detergente, que nos ha costado caro, no limpie bien, y encima tengamos que esperar a que se termine porque no tenemos dinero para más.

Si apagamos la televisión española, y nos sumergimos en la política de la democracia más antigua del planeta, nos daremos cuenta que la carrera a sucesor del presidente-anuncio Obama, lejos de buscarse entre nuevas figuras, esta se libra entre dos veteranos. Bernie Sanders, 74 años, y Hillary Clinton, 68, se disputan la candidatura presidencial demócrata por la Casa Blanca. Y es que parece que en política, como en los bienes de consumo, hemos de buscar aquello que funciona, independientemente de su edad. Más que nunca en crisis, tenemos que pensar vintage.

Javier Olano

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